¡Zape, la política! Sigo con Un Desierto para la Danza

¡Zape, la política! Sigo con Un Desierto para la Danza

Carlos MONCADA OCHOA Hay familias marcadas por el talento, manifestado en diversas líneas de actividad. En la base de una de ellas se encuentra el

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Carlos MONCADA OCHOA

Hay familias marcadas por el talento, manifestado en diversas líneas de actividad. En la base de una de ellas se encuentra el profesor universitario y poeta Adalberto Sotelo, autor de la letra del Himno Universitario. Desciende el doctor Federico Sotelo Ortiz, que fue rector de la Universidad; otro doctor, Norberto Sotelo Cruz, jefe del Departamento de Medicina; Ciro, escultor y Alán, abogado, de los mismos apellidos, de amplia cultura humanista. Lamento no contar con la genealogía completa y valerme solo de los nombres de quienes he conocido. Caborca los vio nacer a todos.

A fines de los años sesenta, una pareja de recién casados, Alán y su linda y juvenil esposa, ocupó una vivienda detrás de la mía en la naciente Colonia del Periodista. De ellos derivó más talento: Greco, escritor, y Evoé, bailarina, directora y protagonista, junto con su esposo Benito González, del grupo de danza contemporánea Quiatora Monorriel Este grupo cumplió 15 años a la par que el festival “Un desierto para la danza”, en el que comencé a aplaudirlos en 1993, y no me he cansado de hacerlo hasta hoy.

Los Quiatora llenaban el escenario de agilidad y gracia, creativos, primaverales; era un placer mirarlos, admirarlos. Se establecieron en la ciudad de México, donde desarrollaron sus aptitudes, pero vinieron a buen número de los 25 festivales. Se aguardaba su participación con sonrisa anticipada. Con ellos estaba garantizada nuestra alegría y el aplauso agradecido. No atendíamos a que ellos construían nuevos proyectos, se aventuraban, experimentaban.

Esta noche del jueves, en el Teatro de la Ciudad, con sus ocho jóvenes bailarines –porque los Quiatora son artistas que forman artistas—nos ofrecieron una síntesis de las coreografías que han creado desde 1992, muchas de ellas conocidas por los asiduos a “Un desierto”: “Verde del avispón verde”, “Tápate un ojo”, “Dorita mala”, “Día de azulejos”, “Sombrero de cinco picos”, “Paisaje para Evoé”, “Ato bomba”,

Y se pasaron videos de otras: “La pareja ideal”, divertida e irónica, la inquietante y discutida “Danza mínima”, que no supimos entender al principio, y que anunciaba a gritos la evolución del grupo. “Contemplando el mar –escribió Evoé en Mazatlán en 1996–, no existe una ola igual a la otra. La repetición de este patrón es sólo aparente. El artista debe reformar constantemente sus planteamientos, el crear un patrón estable implica el fin de las ballenas, la muerte del plancton”.

Se intercalaron, también en video, los puntos de vista de los expertos y de fans de Quiatora, sobre su incesante transformación, su creatividad inagotable. Evoé y Benito cerraron con “Estoy cansancio”, una de sus primeras coreografías, impregnada de buen humor, en la que los vimos en la plenitud de sus facultades. Los quinientos espectadores, de los cuales yo era uno, estallamos la más cariñosa y regocijada aclamación que se haya escuchado en el Teatro de la Ciudad.

Dentro de ese recinto habíamos formado nuestro mundo aparte, alejados de lo cotidiano monótono y mugroso a veces.

Al centro del teatro, un chico de seis años, de lentes, aplaudía y levantaba los brazos hacia sus papás. Es el eslabón más joven de la cadena de talentos.

Como cada noche, al volver al caos de la circulación de vehículos, me pregunté por qué los políticos, hambrientos de aplauso para prolongar sus carreras, no vienen a conocer este mundo distinto, el mundo del Arte, para que ayuden a prolongar la cultura. Les haría bien. “Un desierto para la danza” 2017, todavía tiene dos funciones para ellos.

 

carlosomoncada@gmail.com