¿Ya vieron, priistas de Sonora, cómo recibió Peña a López Obrador?

¿Ya vieron, priistas de Sonora, cómo recibió Peña a López Obrador?

Carlos MONCADA OCHOA A ver, priistas y panistas del Congreso del Estado: ¿ya vieron cómo recibió al presidente electo López Obrador el presidente c

¿Qué tan duro es el codo de los ministros de la Suprema Corte?
¿Cómo debe conducirse un panista sonorense ante la horrible verdad?
¿De modo que la política siempre puede ser más y más cochina?

Carlos MONCADA OCHOA

A ver, priistas y panistas del Congreso del Estado: ¿ya vieron cómo recibió al presidente electo López Obrador el presidente constitucional Enrique Peña?

  Peña bajó a esperarlo al patio y luego lo condujo escaleras arriba por los largos corredores del Palacio Nacional hasta su oficina. No intentó el presidente Peña meterle una zancadilla a su sucesor, ni mandó aflojar la piedra de un peldaño para que tropezara y se cayera. Se condujo como un político que respeta la Ley y, al mismo tiempo, como un individuo civilizado.

  Debe haber sido como un gancho al hígado, para él, la victoria de AMLO el 1º de julio. Hizo lo posible para impedirlo. Pero una voluntad más poderosa que la suya se impuso: la de los mexicanos que votaron. Esto es fácil comprenderlo, porque fue exactamente lo que sucedió en Sonora con los candidatos de MORENA incluido AMLO..

  Hablaron cordialmente. López Obrador le pidió, como ya lo había anunciado en rueda de prensa, que presentara una iniciativa de Ley para crear la Secretaría de Seguridad. Que la presentara, ¡ojo!, ante las Cámaras en las que forman la mayoría diputados y senadores del PRI y del PAN. Y Peña aceptó.

  Son los diputados y senadores que se desvivían por descarrilar el expreso de MORENA. Ahora votarán por la creación de la Secretaría de Seguridad.

  No harán trucos para detener la iniciativa, no negarán la entrada al Congreso a los miembros de MORENA, no inventarán reformas para obstaculizar el avance del candidato escogido avasalladoramente por la gente. No se mancharán ni las manos ni la conciencia. Así debe ser, simplemente.

  ¿Lo entienden, diputados de Sonora? ¿Lo entienden presidentes municipales y regidores de los Ayuntamientos de Sonora? Creo que es fácil entenderlo. ¿Lo entienden? ¿LO ENTIENDEN?

 

CUANDO UN AMIGO SE VA

  Todos los días de un periodista que trabaja en lo suyo son felices. Y creo que son especialmente felices los primeros años. Todo es novedad, todo es para adelante, se satisface la curiosidad, se aprende, se conoce gente. Mis primeros diez años de reportero en el “Diario del Yaqui”, de  Ciudad Obregón, con excepción de dos intermedios en que probé suerte en otros medios, fueron especialmente felices.

  Por las tardes nos escapábamos a tomar café a la estación de Transportes Norte de Sonora que estaba a cuatro minutos caminando. Nos sentábamos a la barra de mosaico, larguísima, del café mientras a nuestras espaldas el movimiento de pasajeros que se iban o llegaban era incesante.

  No tardaba en acercarse a charlar el dueño, un tipo alto, joven, de pelo negro peinado con copete y  sonrisa constante. Participaba en nuestros chismes de reporteros. Opinaba. Nos divertíamos. Él nos hablaba de asuntos del campo. Iba a la cocina y regresaba. Nos hicimos amigos.

  En 1961, cuando con mil trabajos se abrió paso el candidato a gobernador Luis Encinas, él fue uno de sus primeros partidarios. Estuvo firme cuando las posibilidades de Encinas parecían esfumarse, y cuando salió adelante no le cabía el gusto. No sé si le nació entonces el gusto o si lo traía desde antes, pero no era raro encontrarlo en los actos de su partido al que siempre fue leal.

  La vida bifurcó los caminos. Lo visité un par de veces en la cafetería de la Central de Autobuses donde creo duró poco tiempo, pues se dedicó a cuidar y hacer crecer su rancho. Y a cuidar y ver crecer a sus hijos. De lejos me llegaban noticias suyas y pienso que de cuando en cuando preguntaría por mí y leería mis notas. Los amigos no por hallarse lejos dejan de ser amigos.

  De modo que me puse triste al saber que había fallecido, aunque con tristeza y todo sonreí al recordar cómo nos entretenían los chismes políticos (Y el café era muy bueno). Le tuve y le tengo afecto. Se llamaba Abel Murrieta.

 

carlosomoncada@gmail.com