Soy escéptico ante el cuento de fomentar la lectura

Soy escéptico ante el cuento de fomentar la lectura

Carlos MONCADA OCHOA  Se puso en marcha el V Congreso Internacional de Lectura junto con otros congresos relacionados con ese objetivo, y ayer apar

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Carlos MONCADA OCHOA

 Se puso en marcha el V Congreso Internacional de Lectura junto con otros congresos relacionados con ese objetivo, y ayer apareció un boletín informativo sencillamente apabullante. Hay al menos otros cuatro congresos que se desarrollan simultáneamente porque sus objetivos están relacionados con la escritura y la lectura. Los nombres de esos diferentes congresos se antojan sonidos mágicos preparados para deshacer de un golpe la flojera, la desidia, la indiferencia de la inmensa mayoría de los sonorenses frente al libro.

   Lo que no logran deshacer es mi escepticismo.

   Hace unos 25 años la Secretaría de Educación y Cultura creó una dirección general con la misión de formar en niños y jóvenes el hábito de la lectura. Pronto se sumaron otras instituciones públicas y privadas y se formaron clubes de lectura que se asignaban la tarea de leer  un libro determinado que iban comentando al término de cada capítulo o cuando lo habían finalizado.

  Si entre todos hubieran formado, cada año, 50 lectores, ahora andarían por ahí, atiborrados en las librerías, 1,250 adictos a la lectura como mínimo. Tengo la impresión de que las cosas no han cambiado, y que si ha habido pequeños cambios, se debe a impulsos individuales que desde siempre surgen sin necesidad de los programas oficiales.

   Uno se asombra al comprobar que todavía se da crédito a afirmaciones ingenuas como la “estadística” de que el mexicano lee al año un libro (o libro y medio, dicen otros), pero nadie aclara si un libro de cien páginas como “El llano en llamas”, o de cuatrocientas, como “El Quijote de la Mancha”. Y hay quienes se pavonean porque han leído “mucho” pero nadie se molesta en explicar qué tanto es “mucho”.

  Otra muy repetida barbaridad es ver cómo, cinco minutos antes de que comience la presentación de un nuevo libro en una sala semivacío, llega una larga fila de estudiantes a quienes los organizadores han sacado de sus aulas para que el autor hable a una nutrida concurrencia atenta a medias, o desatenta por completa, de lo que aquél dice.

   En la Feria del Libro de Hermosillo clausurada el domingo, cada día acarreaban a un grupo de estudiantes para que adquirieran el hábito de la lectura mediante la simple fórmula de  recorrer los pasillos formados por los “stands” aunque no se detuvieran en ninguno. Hubiera sido más provechoso que hubieran motivado a los muchachos, aunque fueran pocos, sobre las bellezas literarias que iban posiblemente a encontrar.

  Critico lo que todos vemos, pero no poseo una fórmula que garantice la formación de lectores. Siempre he creído que esto es un asunto de magia. Así como brota de pronto la chispa del amor sin que el enamorado o enamorada se explique cómo y por qué, uno queda enamorado de los libros y cuando menos lo piensa, la afición se vuelve saludable adicción y, si se quiere exagerar, un hermoso vicio.

   Quizá debiéramos exigir, como requisito inicial y más importante, que los profesores de literatura y los mediadores no sólo sean individuos con gusto por la lectura, sino apasionados de la lectura. No se podría fundamentar académicamente el contagio de la adicción porque los actos de magia no pueden explicarse.

 

carlosomoncada@gmail.com