Sanar relación padre-madre

Sanar relación padre-madre

La madre nos trae a la vida. Es un misterio y un milagro concebir un hijo y un inmenso acto de amor, generosidad y valentía sostener el embarazo y

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La madre nos trae a la vida.

Es un misterio y un milagro concebir un hijo y un inmenso acto de amor, generosidad y valentía sostener el embarazo y parir a la criatura.

Al periodo de gestación en el útero materno se le suele llamar “el paraíso perdido”.

Si el embarazo va bien y la madre está tranquila, el feto se desarrolla en ese estado inconsciente, donde todas sus necesidades de alimento y oxígeno están satisfechas gracias a mamá, flotando en ese líquido amniótico calentito y protector.

El feto también percibe el mundo emocional de mamá, cómo se siente mamá.

¿Qué sucede si la madre tiene miedo, está triste o está sufriendo por alguna razón?, ¿Qué pasa si el embarazo se presentó sin buscarlo, si la madre siente un cierto rechazo, si es motivo de disgusto o si se plantea el aborto durante un tiempo? Son las primeras improntas, a un nivel muy inconsciente, que se graban en el cerebro límbico de la criatura.

Y cumplido el periodo de gestación, la dulce espera, el niño sale a la vida por el canal del parto y su mundo cambia.

El líquido amniótico se va, desaparece esa protección y esa fluidez, las paredes de la bolsa que lo cubren se le echan encima y le oprimen y por instinto de supervivencia empieza a empujar con su cabecita, para salir de aquella situación.

Es el trauma del parto y esta experiencia también se graba en su cerebro.

Una vez fuera, le cortan el cordón umbilical que le une a su madre, le inducen a que respire por sí mismo con sus propios pulmones y se inicia la experiencia de la separación de mamá a nivel biológico, aunque emocionalmente él bebé no tiene conciencia de sí mismo hasta los siete u ocho meses de vida. Y luego surge el pellizco del hambre, el primer mordisco a la teta de mama para saciar su necesidad de alimento y los primeros retortijones, cuando el sistema digestivo empieza a funcionar.

Si hay un periodo de separación perinatal o la criatura llegó prematuramente y necesita ir a la incubadora, o si hacen falta fórceps o una cesárea para ser traído a la vida, todas estas experiencias también marcan una impronta emocional.

El bebé necesita del contacto con la madre por supervivencia física y emocional.

Si todo va bien, la criatura se calma y se acostumbra a la nueva situación.

Y también aparece la figura de papá, muy importante para él. Recibir la protección, el alimento, la caricia, el afecto, los cuidados y la higiene de sus progenitores son esenciales.

En definitiva, al tomar de sus padres, está tomando la vida.

Es un tomar activo.

La criatura ha de sorber para que la leche fluya, ha de llamar para que vengan a atenderle y se alegra de todas las atenciones que le regalan sus progenitores.

El niño sigue creciendo y en el movimiento hacia la madre y el padre, se interponen todas las experiencias tempranas de separación.

Si queda en manos de otros cuidadores, por largos periodos de tiempo, si enferma algún miembro de la familia y hay períodos de hospitalización, se produce la muerte prematura de uno de los progenitores o simplemente la criatura percibe que sus padres no le prestan atención, no le ven o no le escuchan, o simplemente por la llegada de otro hermano que le resta tiempo de dedicación, se siente desplazado.

Cuando esta experiencia la vive de una forma muy traumática, tiene como consecuencia un cambio profundo en la conducta que SE CONOCE COMO EL MOVIMIENTO AMOROSO INTERRUMPIDO HACIA LA MADRE Y/O HACIA EL PADRE.

Surge un sentimiento de profundo abandono, de desamparo, de no tener a mamá o a papá cuando tanto se les necesita y surge una decisión interior de “me quedo solo”, “renuncio, me retiro, me aparto de ella y/o de el” …y de alguna manera se cierran a recibir el amor de mamá y papá.

Hay un sentimiento de reserva, de rechazo, a nivel interno e incluso externo hacia los padres y este sentimiento, también queda grabado, como impronta a un nivel profundo e inconsciente y tendrá consecuencias para la vida posterior.

En la primera infancia, alrededor de los dos o tres años, surge además una atracción irresistible y una fascinación por el progenitor del sexo contrario.
De alguna manera, el niño se “enamora” de mamá y la niña se “enamora” de papá.

Es lo que en psicología se denomina el complejo de Edipo y forma parte del desarrollo evolutivo natural del individuo.

Al progenitor del sexo contrario se le coloca en un pedestal, se convierte en el centro de su universo infantil y surge un sentimiento de admiración y de unión profunda con él o ella.

Es la primera experiencia de amor con el sexo contrario y que marcará la pauta de las posteriores relaciones en la edad adulta.

Llegado el período de la adolescencia, se produce la castración del Edipo. Se bajan a los padres del pedestal, se les cuestionan, surge la necesidad de la diferenciación, de tener los propios criterios y de alguna manera, se corta el cordón umbilical que, a nivel afectivo, aún les unía a sus progenitores.

Entonces sale al mundo a relacionarse con los demás y a establecer vínculos afectivos como adulto autónomo y todas esas grabaciones internas, esas creencias y todos los sentimientos que se generaron alrededor de ellas condicionarán su propia autoimagen, su autoestima y su visión del mundo y de las relaciones que establece.

El miedo más profundo, el impás fóbico de la primera infancia, de que las figuras materna y paterna, desapareciesen de su vida, ese miedo al abandono absoluto, al primer abandono, genera una herida que todavía está abierta, con un profundo dolor y que se proyecta en las relaciones de su presente.

Cuántas veces nos damos cuenta de que alguien reacciona de forma exagerada ante un desencuentro con otra persona.

Perder el control es la primera manifestación de una herida.

Si el daño es de dos, y la reacción es de seis, por ejemplo, en una escala del uno al diez, podemos reflexionar.

¿Qué sentimientos estará proyectando allí?

Cuando quiere ir hacia la pareja, su cuerpo recuerda el trauma de la separación precoz y se detiene en su movimiento hacia ella.

En lugar de ir en busca de la persona que quiere, espera que sea ella quien vaya a por él.

Y cuando ésta se acerca realmente, le cuesta soportar la cercanía y la rechaza de alguna manera, en lugar de tomarla y darle la feliz bienvenida a su vida. Sufre por ello, pero solo se pueden abrir a recibir del otro dubitativamente o por cortos periodos de tiempo.

Hay una dificultad para dejarse recibir el amor que le da la pareja y para poder expresar el amor que sienten hacia ella.

Algo parecido le puede ocurrir con sus propios hijos.

A menudo también le cuesta soportar su proximidad afectiva y en vez de dedicarse a ellos con amor, afectivamente se apartan de ellos.

Y esta situación se repite en la siguiente generación.

Niños que se crían con madres o padres emocionalmente ausentes, generan en su interior ese sentimiento de profundo abandono, y este patrón, esta forma de estar y de sentir la vida va pasando de padres a hijos, generación tras generación.

Estas situaciones las vemos muchas veces en terapia.

¿Esto cómo se para?, ¿Cómo cortar la cadena? Cuando un miembro de la familia asume su propio dolor y vuelve al origen de su propia historia, allí donde se originó su trauma, donde quedó paralizado, dentro de un espacio terapéutico, que es un lugar seguro y protegido.

Cuando la persona, a pesar de todo su miedo, regresa a la situación primera donde se sintió abandonado, vuelve a ser el niño de entonces, a mirar a su madre y a su padre de entonces, vuelve a conectar con sus sentimientos de dolor, de decepción y de ira, con sus recuerdos, expresa sus sentimientos y supera los obstáculos, entonces repara el daño y recupera internamente ese movimiento interrumpido o impedido hacia mamá y papá, así la herida cura.

Las mayores heridas nos la producen, sin quererlo, personas que nos aman y que amamos y que tampoco aquí debemos buscar culpables porque ellos, quienes nos hieren, han sido víctimas también.

En este proceso de volver hacia mama y papa, recuperamos al niño/ a la niña interior que vive dentro de nosotros y que representa nuestra capacidad y talento natural para amar y gozar de la vida.

Sanando la vida en nuestro caminar…Te esperamos