¿Qué ha cambiado en la política? ¿El gobierno? ¿Los partidos? ¿Nosotros?

¿Qué ha cambiado en la política? ¿El gobierno? ¿Los partidos? ¿Nosotros?

Carlos MONCADA OCHOA Es evidente que hay cambios en el panorama general de la política. Cambios para bien o para mal, que lo juzgue cada quién segú

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Carlos MONCADA OCHOA

Es evidente que hay cambios en el panorama general de la política. Cambios para bien o para mal, que lo juzgue cada quién según sus intereses, pero cambios. Los ciudadanos jóvenes, a quienes les ha tocado vivir dos o tres campañas presidenciales deben notarlo ya, aunque no con tanta claridad como los que hemos observado seis o siete.

Nos gustaría que los cambios positivos se dieran de un sexenio al siguiente de manera contundente, pero no es posible ya que aunque somos más quienes los deseamos, son más poderosos los que pugnan para que todo siga igual.

A estas alturas del calendario, cuando no somos capaces de vislumbrar con cierta certeza quién ganará la elección próxima, ya Echeverría había recorrido gran parte de Sonora en nada menos que una semana; porque no hacían los candidatos, entonces, visita de doctor, sino por carretera y con minuciosidad. Más o menos lo mismo hizo Miguel de la Madrid, aunque cubrió en avión algunas distancias, inclusive cuando no era necesario como lo hizo para venir de Guaymas a Hermosillo. Pero, igual que en el caso de Echeverría, sabíamos que él sería el Presidente. Y ni hablar del caso de José López Portillo, que ni adversario tuvo.

Y ahora que nos presumen de transparencia, democracia y bla bla bla, prevalecen la duda y la confusión. Una de las razones puede ser porque no se nos quita la sensación de que nos juegan el dedo en la boca.

Cuando se aproximaba lo que nos habían dicho que sería una precampaña para que los miembros de cada partido resolvieran a qué precandidato convertirían en su candidato, y luego resultó que ninguno de los partidos tendría contienda interna porque habían resuelto ya, unos directamente y otros mediante alianzas, quiénes serían sus candidatos.

Y si esto se había decidido ya, ¿para qué demonios las autoridades electorales dejaron que hubiera precampaña? De esto tuvo la culpa el gobierno porque se hizo el occiso y le dio una interpretación conveniente (para el gobierno) a la ley. Pero tuvieron culpa también los partidos porque ninguno protestó. A todos les venía bien que sus “precandidatos” se hicieran propaganda de una vez, y al que más le convino fue al PRI porque le urgía al menos conociera el rostro de su abanderado.

Por lo que toca a los ciudadanos, hay dos grandes cambios que no atino a adivinar qué consecuencias acarrearán. Uno es el escepticismo radical, del que están exentos los adictos o simpatizantes de un candidato por quien están dispuestos a votar pase lo que pase. Cierran los oídos a la argumentación y los ojos a las pruebas que hacen desaconsejable esa candidatura. Están frente a la verdad pero la incredulidad les impide aceptarla.

El segundo cambio negativo, afecta sobre todo a los ciudadanos sin partido pero también a muchos que militan en alguno: el miedo. Los bombardean con la cantaleta de que fulano candidato es peligroso y aunque saben que les están viendo la cara de mensos, actúan como si lo creyeran porque el miedo que los corroe no es contra un individuo sino al cambio. Anhelan que el sistema cambie pero temen sufrir una molestia, una represalia por ese anhelo. Y se vuelven materia dúctil en manos de los grupos que precisamente luchan porque no haya cambios.

La culpa que tenemos nosotros, los ciudadanos, es el miedo al cambio. Y sólo si lo eliminamos podremos combatir las culpas del gobierno y de los partidos.

 

carlosomoncada@gmail.com