¿Por qué no vino Miguel Padrés a la boda de su sobrino? ¿Mandó regalo?

¿Por qué no vino Miguel Padrés a la boda de su sobrino? ¿Mandó regalo?

En algún momento de mis primeros años de juventud pensé, y apuesto a que deben haberlo pensado no pocos lectores y lectoras de esta columna, irme a otro país del mundo, cambiar de nombre, conseguir un trabajo modesto y perdérmele a familiares y amigos. Eran puntadas que uno sueña aunque debe haber quien las habrá realizado

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Carlos MONCADA OCHOA

  En algún momento de mis primeros años de juventud pensé, y apuesto a que deben haberlo pensado no pocos lectores y lectoras de esta columna, irme a otro país del mundo, cambiar de nombre, conseguir un trabajo modesto y perdérmele a familiares y amigos. Eran puntadas que uno sueña aunque debe haber quien las habrá realizado.

  Me preguntaba desde entonces si era posible perderse uno de vista para siempre a los conocidos, y si necesitaría llevar bastante dinero para no pasar hambre, para comenzar, y para trasladarme de un lugar a otro, y para dar mordida a agentes que intentaran deportarme. ¿O era preferible viajar a lo pobre, como vagabundo, para no llamar la atención?

  Nunca pensé, hasta hace unos días, en los elevados placeres que dejaría de gozar si me iba de mi tierra, por ejemplo, enterarme estando muy lejos de que uno de mis más queridos sobrinos iba a casarse, y que no podría estar a su lado para darle un gran abrazo, ni al lado de los demás familiares para departir en grupo jalándole la barba a mi hermano, que a estas alturas del partido la hace de hippy.

  Hablo de la tristeza que debe haber invadido a Miguel Padrés, el rico de la familia saqueadora, que quién sabe dónde daría rienda suelta a la nostalgia mientras su sobrino y su novia, ahora su esposa, bailaban el primer vals (¡upss, ya no se usan los valses!).

  Si le hubieran avisado con tiempo, digamos, hace un año, se hubiera dejado crecer la barba para venir a Sonora de incógnito. No habría sido necesario más disfraz porque la fiscal y el fiscal anticorrupción ya no se ocupan de él. Están absortos tratando de aclarar el paradero del reportero Alfredo Jiménez Mota y sus secuestradores; ése es un caso que no los deja dormir y. ahora que hay tantos elementos técnicos en la Fiscalía, hacen caso a una vocecita que les dice: “Caliente, caliente”.

  O tal vez andan cerca del asesino del diputado electo por Cajeme Eduardo Castro Luque y del paradero o fin que ha tenido el diputado suplente Manuel Alberto Fernández Félix, a quien le cargaron el muerto y lo hicieron desaparecer. Claro que este misterio no tiene mucho tiempo, sólo 7 años, hay otros que duran mucho más. Se tiene la impresión de que sucedió hace mucho porque fue en el tiempo en que Guillermo Padrés se rasuraba.

  En cuanto resuelvan esos crímenes, la fiscal y su gente se dedicarán a buscar a Miguel y creo que será una buena táctica no buscarlo directamente a él sino el banco o caja fuerte o cueva en donde oculta la fortuna que le robaron al pueblo de Sonora. De paso, y ya que estarán metidos en la investigación, podrían averiguar la respuesta a la pregunta que se plantearon casi todos los invitados a la boda del milenio: ¿Qué regalo le mandó Miguel Padrés a su sobrino y a su nueva sobrina política?

  Porque no debe haberse terminado todavía la inmensa fortuna robada. Regalarle dinero es lo más práctico pero depositar una cantidad en la cuenta del sobrino dejaría una huella fácil se seguir. ¿Entonces? ¿Le mandó una licuadora, una tostadora de pan, las obras completas de Shakespeare, un billete entero para el “gordo” de las fiestas patrias?

  Yo creo que es poco delicado averiguar qué le regaló, y hasta cruel, porque si nada mandó de regalo puede haberse debido a que anda sin chamba. Además, se dice entre las buenas familias que en estas situaciones el regalo es lo de menos, la intención es lo que cuenta.

carlosomoncada@gmail.com