Nostalgia por el presidente Luis Echeverría

Nostalgia por el presidente Luis Echeverría

Carlos MONCADA OCHOA En lugar de que el candidato de PRI declarara que México no tiene por qué pagar el muro deseado por Trump, y que lo mismo dije

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Carlos MONCADA OCHOA

En lugar de que el candidato de PRI declarara que México no tiene por qué pagar el muro deseado por Trump, y que lo mismo dijera López Obrador, y que el nazi Ricardo Anaya asegurara que cuando él sea presidente (¿?) le dirá en inglés que no pagaremos, podían haberse reunido los tres y haber cantado a coro: ¡No pagaremos, no pagaremos, no pagaremos el muro!

El presidente Peña lo había dicho ya el año pasado, cuando el demente de la Casa Blanca salió con esa locura; lo dijo con claridad, aunque con la máxima cortesía, midiendo las palabras, como si temiera ofender.

Hace varios días corrió el rumor, que se aclaró en unos minutos que carecía de fundamento, de que el ex Presidente había fallecido. Tiene 96 años y cuando alguien ha alcanzado tan avanzada edad, se supone que puede morir de un momento a otro. Tal vez pensó alguien que si lanzaba la versión podría atinarle. Pero no, el médico de cabecera informó que su paciente está fuerte y lee y escucha en la televisión las noticias todos los días.

Una gran cantidad de mexicanos recuerda de mala manera a Echeverría. Al margen de que tengan alguna razón que explique sus opiniones negativas, lo cierto es que la Presidencia desgasta a cualquiera y no hay un solo Presidente vivo de quien no se hable mal.

Pero yo evoco con nostalgia a Luis Echeverría ahora que los principales políticos rechazan la loca idea de Trump midiendo el efecto que lograrán en los medios pero sin la energía y el coraje que enciendan el ánimo del pueblo. Estoy seguro de que si Echeverría aún fuera Presidente, aprovecharía estupendamente el episodio.

Por lo pronto, hubiera dirgido un discurso a los mexicanos en cadena nacional por radio y televisión, que además habrían reproducido íntegramente los periódicos de todo el país, exhortando a unirnos ante la posible agresión a la patria.

Habría organizado manifestaciones de obreros y campesinos, de mujeres, de jóvenes, de veteranos de la Revolución (en su sexenio quedaban algunos), de miles y miles y miles de estudiantes, maestros, ferrocarrileros, petroleros, pescadores, ejdatarios, que llenarían la Plaza de la Constitución y expresarían su apoyo al Presidente por su verticalidad patriótica.

En diarios y revistas los comerciantes, los industriales, las universidades, las empresas, publicarían desplegados de adhesión a la política del mandatario y éste pondría en actividad a sus diplomáticos para que le consiguieran turno como orador ante la Organización de Estados Americanos a la que  solicitaría  solidaridad. Luego comparecería ante el Consejo de Seguridad de la ONU o ante la mera Asamblea General de las Naciones Unidas, para arengar a los hombres y las mujeres libres del orbe a manifestarse solidarias con nuestra causa.

Ése era Luis Echeverría, extrovertido, superdinámico, teatral. Algunos lo veían ridículo, pero impresionaba a muchos. Aunque hubiera tenido al frente a diez Trumps los habría apabullado con su arma secreta: la palabrería inagotable. Cualquiera habría renunciado a construir el muro con tal de que se callara.

Pero esto lo decimos a toro pasado. En aquellos buenos tiempos, antes de la devaluación, los discursos de Echeverría gustaban a la gente. Sentían que sacaba la cara por la dignidad de México. Con puras palabras, es cierto. Pero ahora, ni eso.

 

carlosomoncada@gmail.com