No sigamos dando vueltas en el trapiche

No sigamos dando vueltas en el trapiche

Los dos proyectos que pudieran considerarse emblemáticos del gobierno de López Obrador, esto es el Tren Maya sobre el sureste mexicano y la refinería de Dos Bocas en el estado de Tabasco, se presentan como dos acciones desvinculadas de lo que debería ser un plan integral de desarrollo que retomara el empeño de industrializar al país prefigurado con más claridad a medidos de los años setenta y durante el gobierno de José López Portillo

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Por Alberto Vizcarra Ozuna

Los dos proyectos que pudieran considerarse emblemáticos del gobierno de López Obrador, esto es el Tren Maya sobre el sureste mexicano y la refinería de Dos Bocas en el estado de Tabasco, se presentan como dos acciones desvinculadas de lo que debería  ser un plan integral de desarrollo que retomara el empeño de industrializar al país prefigurado con más claridad a medidos de los años setenta y durante el gobierno de José López Portillo. 

La tarea no se advierte nada fácil, los destellos nacionalistas del presidente carecen de solidez y frente al acoso de las estructuras e intereses que se proponen perpetuar el orden neoliberal, tiende a refugiarse en el paisaje romántico del México rural. La reciente escena donde acompaña al campesino y al caballo que le dan vueltas al trapiche, señala con claridad el síntoma. Y luego dice: esta es la economía popular a la que vamos a apoyar. Como si fuese necesario conservar a los hombres del campo dando vueltas en compañía de la bestia.

Las condenas de organismos externos, como el FMI y los corporativos financieros privados, advirtiéndole insistentemente que el país no crecerá porque supuestamente se ha apartado del modelo neoliberal, lo que procuran no es que el presidente reconozca discursivamente al neoliberalismo, porque bajo estas políticas el país tampoco creció. Lo que quieren es desesperarlo con la condena del no crecimiento para encerrarlo en su visión ruralista, en la austeridad presupuestal y en la reacción sentimental del redistribucionismo presupuestal entregado a las regiones del país más necesitadas, pero que no tienen la capacidad física para responder con producción y productividad.

Quieren alejarlo de la posibilidad  que escale con otros proyectos de infraestructura, en otras regiones del país vinculados a la gestión de más agua, energía, transporte y producción de alimentos. Avanzar en esta dirección, obligaría al gobierno a hacer un trazo integrado y a retomar los planes de industrialización que se abandonaron a principios de los años ochenta por la claudicación de los gobiernos nacionales a las presiones internacionales. 

Aunque lo necesario parece imposible, se tiene que plantear: el gobierno de Andrés Manuel López Obrador debe cambiar sustantivamente su estrategia de inversión y concentrarla en procesos de densificación de capital bajo el principio elemental de que las inversiones masivas en la industria son las que permitirán transferir esos productos industriales  a la agricultura para encaminarnos a la construcción de grandes complejos agroindustriales con maquinaria, irrigación y medios para la producción de fertilizantes. Eso es lo que nos permitiría hacer el trazo de la necesaria desruralización del país, requisito indispensable para que se cumpla la consigna presidencial de hacer de México una potencia económica mundial.

Como decía López Portillo, hagamos posible lo necesario, y México lo puede hacer. Al respecto, el economista José Luís Calva hace un comparativo entre México y China, por demás aleccionador. Refiere que en 1982 el PIB de China, era inferior al de México, pues el del país asiático apenas alcanzaba los 430 mil millones de dólares, en tanto que el mexicano ascendía a 550 mil millones de dólares. Después de tres décadas el PIB de China se multiplicó por quince, mientras que el mexicano apenas se duplicó. 

Para estos logros descollantes, China diseñó su estrategia de inserción en la globalización con una apertura gradual y por regiones e industrias; no suprimió sus políticas de fomento económico; no privatizó a toda costa sus empresas públicas, sino que les otorgó autonomía financiera convirtiéndolas en grandes motores de desarrollo en torno a las cuales crecieron las empresas privadas. Impulsó la construcción de grandes obras de infraestructura hidráulica y ferroviaria.  Reestructuró su sistema bancario. La política monetaria, fiscal y cambiaria ha estado consistentemente orientada al crecimiento económico y no a la estabilidad de precios. Se ha permitido tasas de inflación del 10 por ciento pero con tasas anuales de crecimiento del PIB de hasta el doce por ciento. Como resultado China elevó su ingreso percápita diez veces en treinta años, mientras que México apenas logró elevarlo en una décima.

En conclusión, China entendió que para que haya desarrollo tiene que haber crecimiento económico sostenido y sustentable; y que la mejor y más eficiente forma de redistribuir el ingreso no es con el reparto directo de dinero, sino con la creación de millones de empleos productivos y con salarios que mantienen un incremento constante en las capacidades productivas del trabajo. Así han logrado justicia, pues en los últimos treinta años sacaron  a más de setecientos millones de chinos de la pobreza.