Murió Oscar Monroy, gladiador de la literatura sonorense

Murió Oscar Monroy, gladiador de la literatura sonorense

Carlos MONCADA OCHOA    Una cualidad muy desarrollada en los sonorenses es la generosidad. Si hay que completar el “six”  o el barril, sobran las a

¿Se pueden sentar a la mesa con sus hijos después de manejar excremento?
¿Elección transparente del ombudsman en medio el lodoso saldo de Ramírez?
¡Zape, la política! Sigo con Un Desierto para la Danza

Carlos MONCADA OCHOA

   Una cualidad muy desarrollada en los sonorenses es la generosidad. Si hay que completar el “six”  o el barril, sobran las aportaciones, La carne asada que no estaba prevista se arma de volada porque Juan pone las cheves, Pepe presta el patio de su casa donde tiene parrilla, y dos compadres sacan la cartera para comprar el diezmillo y las costillas. Aunque sea unos pesos, algo le damos al que, en los rojos del semáforo, se acerca al auto a contarnos que “yo soy de Oaxaca y ando juntando para volverme a mi tierra” o cualquier otro cuento parecido que no podemos corroborar. “Hoy por ti, mañana por mí”.

   Pero para que los sonorenses compren libros de autores sonorenses, ¡qué difícil es que aflojen! Van a las presentaciones de libros, se echan unas copas de vino y tres o cuatro tacos del ambigú y se despiden del autor como si ya hubieran cumplido. ¡Y no le compran un ejemplar!

   Oscar Monroy Rivera forjó una carrera literaria sólida y obtuvo reconocimientos en otros países, y se enfrentó a esta realidad. Pero no era hombre que se dejara vencer por los obstáculos. En una tierra de sordos no cesó de escribir y hablar. Dejó de lado las influencias y se abstuvo de rogar a las instancias culturales. Editó sus libros (y también los de algunos amigos) y salió a la calle a venderlos. Necesitaba recuperar la inversión, no porque le interesara el dinero, sino porque vivía con la pasión de escribir, escribir, y anhelaba que sus mensajes llegaran a más y más gente.

   Debo decir que no operó así para editar tres o cuatro o diez libros, sino docenas de ellos. En 1996, cuando estaba por cerrar la primera edición de mi “Sonora bronco y culto”, le pregunté cuántos libros llevaba editados, y entre narraciones, teatro, ensayo, biografía, reflexiones políticas y filosóficas, andaba por los setenta. Yo calculé que al entrar el milenio habría llegado al centenar.

  En las Ferias del Libro solía alquilar un stand en donde ponía a disposición del público, personalmente, sus obras. Además, le gustaba dialogar con los jóvenes que iban a interrogarlo sobre literatura. El Departamento de Letras le hizo un homenaje con varias actividades. Fue emocionante ver una larguísima manta con su nombre que iba del Museo a un poste de la Plaza Emiliana de Zubeldía, atravesando la Rosales.

   Su guía como pensador era José Vasconcelos sobre quien dictaba apasionantes conferencias.  Se ha dicho que fue colaborador del Maestro, ignoro en qué medida pues Vasconcelos murió en 1959, cuando Oscar tenía 26 años. Luego de estudiar Derecho en la UNAM, fue secretario de prensa de la Universidad de Sonora y director de la Revista Universidad (la que han dejado morir irresponsablemente). Al parecer, sólo publicó un número pues chocó con un funcionario que pretendía limitar su libertad y prefirió renunciar.

  Era gran lector pero nunca le escuché elogios tan encendidos como los que dedicaba al novelista argentino Eduardo Mallea. Y era, además, fogoso orador y valiente polemista. Su voz le permitía ponerse de pie en cualquier reunión y expresar sus opiniones sin necesidad de micrófono. La remataba por lo general con una frase rotunda y sabia difícil de rebatir.

  Pudo haber hecho fortuna apoyado en la influencia de sus hermanos que se dedicaron a la política, pero puso a salvo sus convicciones aunque su relación familiar languideció. Optó por refugiarse en su legendaria Bahía del Silencio, en la que explotaba vetas que nunca dejaron de producir

   El sello editorial de Alta Pimería pro Arte y Cultura A.C. debiera estar en todas las bibliotecas de Sonora. Pero ya no está el caballero andante que ofrece sus libros en ferias, congresos de escritores y cafés. Su mensaje, sin embargo, se prolongará y fortalecerá con otros lenguajes, los de sus hijos, artistas visuales que reciben como herencia rectitud y pasión por el Arte.

  Oscar Monroy, gladiador, ahora descansa.

 

carlosomoncada@gmail.com