Los buenos maestros lo eran antes por instinto y de corazón

Los buenos maestros lo eran antes por instinto y de corazón

El 15 de mayo de cada año lo dedico sin falta a recordar a mis maestros, con mención especial a los de la primaria. No se les exigía, en mis lejanos tiempos de escolar, título de normalista; alguien les ofrecía trabajo de profesoras, y aceptaban y aprendían sobre la marcha. Hacían milagros

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Carlos MONCADA OCHOA

El 15 de mayo de cada año lo dedico sin falta a recordar a mis maestros, con mención especial a los de la primaria. No se les exigía, en mis lejanos tiempos de escolar, título de normalista; alguien les ofrecía trabajo de profesoras, y aceptaban y aprendían sobre la marcha. Hacían milagros.

  Hablo en femenino porque la gran mayoría eran maestras. Al menos en mi caso, tuve la fortuna de haber tenido sólo mujeres al frente en mis seis años de primaria, tres de ellas muy guapas (diré sus nombres para que sus nietos se enorgullezcan: María de la Luz León, Carlota Icedo y Lucía García). Creo que los maestros ya estaban sindicalizados pero nunca hicieron una huelga ni con el pensamiento y jamás cancelaron las clases un día para sesionar.

  En la Secundaria tuve un profesor de Física, Florencio Irineo, locutor, que no sabía una palabra de la materia, y en las horas que le correspondían nos ponía a leer en voz alta.  De repente paraba al que estaba leyendo y le mandaba continuar a otro, de manera sorpresiva; si este segundo muchacho no sabía en qué párrafo iba la lectura, se ganaba una nota mala.  Era su manera de calificar.

  Tuve un maestro extraordinario de Matemáticas, Lázaro Mercado, y un maestro extraordinario de Literatura, Bartolomé Delgado de León. El profesor José L. Guerra, tan querido en Ciudad Obregón, enseñaba química y hacía prueba cada mes. Pero en septiembre nos puso 10 como bienvenida, y también en diciembre como regalo de Navidad y luego en mayo, como despedida. Era imposible obtener un promedio reprobatorio.

  Mi profesor de Civismo fue de lujo: el licenciado Guillermo Acedo Romero, abogado excepcional, ciudadano ejemplar. Sospecho que no aprendió a conducir pues las tres veces a la semana que le tocaba la clase llegaba en taxi, y el taxi iba por él al terminar.

  Durante un año, tuve como profesora de inglés a una hermosa morena. Sólo un año porque al concluir ese ciclo, se casó. Todos estábamos celosos del novio. Mi maestra de Historia y de Botánica (¡botánica, hágame el favor!) fue María Mendívil. Años después, en 1960, la nombraron Ciudadana del Año y le entregaron una medalla por su labor docente.

  No me interesaba mucho la clase de Anatomía, Fisiología e Higiene que impartía el doctor Luis Farfán, pero me conmovía oírlo declamar en eventos especiales. Fui amigo de su hijo Fernando (“el Indio”) y gracias a eso tuve el privilegio de escuchar al doctor a avanzada edad.

  Mi profesor de Geografía y de Deportes fue el profesor Figueroa, hombre joven de sonrisa permanente. En la primera lección de basquet, en la Plaza 18 de Marzo, creyendo que yo era buen jugador porque mis dos hermanos mayores lo eran, me aventó la pelota que me botó en la cabeza porque ni las manos metí. Hice el ridículo pero esto me sirvió para hacerme adicto al basquet y después formé parte del equipo de la Prepa de la Universidad. Luchaba por enseñarnos solfeo el maestro Estrada, que era músico, pero el relajo en el aula lo impedía. Me duele no haber aprendido.

  En tercero de Secundaria, Bartolomé Delgado me contagió de periodismo al nombrarme jefe de redacción del periódico “Ecos estudiantiles”. Yo no sabía qué era un jefe de redacción. 

  Las bellezas secundarianas eran Cristina Romero Salazar, Norma Célida Molina, Teresita Miranda, Olga Tavares (de voz bellísima), Estela Domínguez, Elda Cano, Mariiyn Meinhardt, pero ni crean que me ponía a mirarlas. Yo me dedicaba al estudio.

  Entre todos estos recuerdos, uno especial para la mujer que me regaló la mayor riqueza de mi vida: me enseñó a leer y escribir. Fue la profesora Elvira Márquez, en la Escuela Carlos M. Calleja, calle Veracruz de Ciudad Obregón. Felicidades y agradecimiento y cariño.

carlosomoncada@gmail.com