La salida de Urzúa: ¿Ruptura con el modelo neoliberal?

La salida de Urzúa: ¿Ruptura con el modelo neoliberal?

Más de una hora ocupó el presidente Andrés Manuel López Obrador, en su conferencia mañanera, para tratar de explicar la renuncia del Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, ocurrida el 9 de julio pasado

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Por Alberto Vizcarra Ozuna

Más de una hora ocupó el presidente Andrés Manuel López Obrador, en su conferencia mañanera, para tratar de explicar la renuncia del Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, ocurrida el 9 de julio pasado. Nadie debería de esperar que el presidente reconozca en la salida de uno de sus principales secretarios, una crisis de gabinete y mucho menos un referente de ingobernabilidad. Es natural que tratara de minimizar el hecho, y lo hizo con el recurso acostumbrado: huir al refugio de la historia, hacer analogías y paralelismos arbitrarios, para terminar concluyendo que la dimisión de Urzúa debe estimarse como un simple incidente en su camino de ruptura con el modelo económico neoliberal.

Cuando López Obrador, dio a conocer que Urzúa sería parte del gabinete y ocuparía la Secretaría de Hacienda, lo liberó del mote condenatorio de tecnócrata y dijo que era un buen técnico. No se advertía entonces que el presidente tuviera una discrepancia teórica fundamental con el ahora ex secretario, más bien lo que había eran elogios. Sin embargo, después de la renuncia, el presidente revela que el Plan Nacional de Desarrollo que Urzúa le presentó, parecía haber sido redactado por Meade o Carstens. Una forma directa de condenar -ahora sí- las fidelidades neoliberales del renunciante.

Parecería que el presidente quiere convencerse y convencer de que para conjurar al modelo económico neoliberal es suficiente una retórica condenatoria, y lo hace en el ámbito denominativo, nunca refiere los contenidos estructurales del modelo, tampoco indica que los va a cambiar, todo termina en una diatriba en contra de la corrupción a la que recurrentemente califica como el principal mal que aqueja al país. Alimenta la ilusión de que él podrá recorrer una ruta de crecimiento sin trastocar los parámetros macroeconómicos que por más de tres décadas han impedido el desarrollo y el bienestar social.

En sus respuestas para explicar la renuncia de Urzúa, dijo: esta es una ruptura, vamos por la transformación, esto es un cambio de régimen; y acompañó las frases con un gesto de gravedad en el rostro como para que se dimensionara  lo que su gobierno pretende alcanzar. Enseguida pasa a calificar como los mejores logros de su administración la conservación de las variables macroeconómicas establecidas como dogma por el modelo neoliberal. Presumió: finanzas públicas sanas, manejo ordenado del presupuesto, no mayor gasto del que se ingresa, no tener déficit presupuestal y control de la inflación. De no saber de la fobia antineoliberal del presidente, pensaríamos que estos dichos fueron redactados por el mismo Urzúa.

No hay recurso marrullero que sea viable para hacer coexistir el imperativo del crecimiento y el desarrollo económico del país con el modelo económico neoliberal. Los últimos treinta años han dado prueba suficiente de que estos dos propósitos son excluyentes e irreconciliables. Apremia que el presidente lo reconozca para darle viabilidad al correcto propósito de fortalecer al sector energético, reconstruir la capacidad petroquímica del país, fortalecer la infraestructura de comunicaciones y transporte con los proyectos ferroviarios y retomar una vigorosa política de gestión de más agua poniendo en marcha los grandes proyectos de infraestructura hidráulica que canceló el neoliberalismo.

Si el presidente no rompe con los dogmas económicos del neoliberalismo y usa el presupuesto público como un mecanismo de crédito nacional, además de procurar las alianzas internacionales pertinentes que le acarreen inversiones físicas al país, su pretensión de soportar todo en el ahorro, la austeridad presupuestal y el combate a la corrupción, harán abortar sus proyectos y la presumida Cuarta Transformación.