La independencia de la Suprema Corte, probada

La independencia de la Suprema Corte, probada

Desde que entró en vigor la Constitución General, hace 101 años, ha habido dudas serias y sólidas sobre la independencia de los ministros de la Suprema Corte. La sospecha parte del hecho de que lo que ganan ha ido aumentando de manera escandalosa, y de que nunca han tenido valor para oponerse a desmanes y abusos del Presidente de la República

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Carlos MONCADA OCHOA

   Desde que entró en vigor la Constitución General, hace 101 años, ha habido dudas serias y sólidas sobre la independencia de los ministros de la Suprema Corte. La sospecha parte del hecho de que lo que ganan ha ido aumentando de manera escandalosa, y de que nunca han tenido valor para oponerse a desmanes y abusos del Presidente de la República.

  Los presidentes, por su parte, se daban maña para que las vacantes que se producían en el alto tribunal fueran ocupadas por ministros a modo, que despacharan más o menos bien su trabajo y que no se la hicieran de tos (término jurídico) al que sobre todas las cosas manda en México. En este sentido, quien se sirvió con la cuchara grande fue Peña Nieto.

  En el conflicto surgido entre el presidente AMLO y los actuales ministros se ha arribado a la conclusión de que la norma que prohíbe a los servidores públicos ganar más que el Presidente se aplique a los ministros y jueces que entren en lo sucesivo, para evitar que se viole el principio de retroactividad en perjuicio de quienes ya se hicieron millonarios.

  De este arreglo se han obtenido dos lecciones, la primera, que el pueblo de México conoce ahora el atropello brutal de los ministros millonarios, y por parte de éstos, han conseguido demostrar que al menos una vez se conducen con independencia, no importa que lo hagan con una triste  exhibición de mezquindad hacia la gente y de enviciado amor al dinero.

NOSTALGIA DE LAS CARTAS A SANTOCLÓS

   En mis tiempos de infancia, inclusive en el tiempo de la infancia de mis hijos, el 14 o 15 de diciembre era prácticamente el día límite para mandarle la carta a Santoclós, pues si uno se tardaba algo más corría el riesgo de que no le llegara a tiempo.

  Ese problema no existiría hoy porque la carta le puede llegar por internet el mismo día 24, aunque a los padres les quedaría una razón para carrerear al chamaco: que el hombre de rojo necesita tiempo para cargar su trineo.

   Yo no debería tratar este tema pues falto a la exigencia periodística de empaparme de todas sus facetas. Por ejemplo, ignoro si los niños de hoy, y sobre todo, los padres, saben y cuentan y creen que el señor Santoclós es, sin dejarse ver,  quien les trae los regalos que piden. Espero que eso siga como en mis tiempos, porque las grandes verdades deben seguir practicándose.

  Y digo que la existencia de Santoclós y su papel de dispensador de dones es verdad porque es verdad. Que nadie lo haya visto en acción, como se mira al vecino o a la luna no implica que no exista, sino que no sabemos advertirlo. El señor de sombrero que se conmueve cuando el muchachito aterido lleva un largo rato echándole el ojo al  chocolate que venden en la esquina, y en un impulso generoso lo compra y se lo da, es Santoclós disfrazado de señor con sombrero..

  El viejo sistema de cartas tenía muchas ventajas. Aunque el niño estaba en libertad de solicitar lo que quisiera, la madre o el hermano mayor que había superado ya la niñez, con cierta habilidad podía influir en el pequeño para que no se mandara pidiendo juguetes muy caros. Aunque recuerdo que mis hermanos y yo nunca nos quejamos de que tal o cual cosa no nos la hubiera traído el Santoclós; lo que veíamos al abrir los ojos era deslumbrante, y aunque fuera modesto estaba cargado de magia. Claro que no lo razonábamos así, pues la magia posee al niño y no requiere explicaciones.

  Creo que uno aprendía o intuía qué regalos era posible recibir, así como a la mujer no se le ocurre pedirle al Santoclós que haga que el marido no ronque ya, o al novio, que no se le olvide la talla de la blusa esperada.

   Todos estos son frutos del recuerdo que inspira la proximidad de las fiestas. Será lógico que haya cambios en las costumbres en cada hogar, pero  confío en que permanecerá invariable  la enorme felicidad del niño al descubrir, al despertar, el juguete soñado, felicidad que sólo es comparable a la del padre y la madre al ver la sonrisa luminosa del hijo.

carlosomoncada@gmail.com