La deuda, el elefante que no quieren ver

La deuda, el elefante que no quieren ver

El próximo martes 10 de noviembre, el presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, tomará posesión, acompañado en la vicepresidencia por Cristina Fernández de Kirchner

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Por Alberto Vizcarra Ozuna

El próximo martes 10 de noviembre, el presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, tomará posesión, acompañado en la vicepresidencia por Cristina Fernández de Kirchner. Desde que se reconoció su triunfo electoral en contra de Mauricio Macri, el presidente electo ha advertido que lo primero que pondrá sobre la mesa de las negociaciones es el tema del sobre endeudamiento externo al que fue sometido el país por las políticas neoliberales del presidente saliente, quién le entregó  la economía argentina a los intereses financieros y a los fondos especulativos internacionales.

Lo que advierte Alberto Fernández, no es propiamente una suspensión de pagos, sino la condicionante de que la deuda se pagará cuando el país haya producido y exportado más y haya obtenido los dólares para pagar. Es claro al señalar que el pago de la deuda no deberá afectar a los que menos tienen y tampoco a los que producen y dan empleo. Establece una franca discrecionalidad en su política pública: el apoyo estará dirigido, sostiene “para los que arriesgan, levantan empresas, producen y dan trabajo; no para los que especulan, cambian dólares y los guardan para la timba (especulación) financiera”.

Los cuatro años de regresión acelerada que sufrió Argentina en manos del gobierno de Macri, lesionaron severamente el andamiaje que hizo posible el crecimiento de la economía del país sudamericano durante los doce años (2003-2015) de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, quienes sacaron a ese país del infierno económico y político que había vivido durante todos los años noventa y principios de este siglo. Nada sustantivamente diferente a lo que le ha ocurrido a México durante los últimos treinta años.

La diferencia que sí es sustantiva, con respecto a México, es que tanto los Kirchner, como el presidente electo Alberto Fernández, tomaron la decisión de encarar a los intereses financieros internacionales que se han valido de sus consortes nacionales, para establecer estructuras de saqueo que, vía el endeudamiento, sofocan y limitan las capacidades presupuestarias de los países deudores y con ello su crecimiento. Por el contrario, en México, el presidente Andrés Manuel López Obrador, ha estado muy lejos de abrir un frente de discusión y negociación con las estructuras bancarias y financieras acreedoras de la deuda externa que pesa como un elefante sobre el presupuesto nacional y debilita la posibilidad de que la inversión pública vuelva a tomar incidencia significativa como remolque de la economía nacional y fortalecimiento del mercado interno.

López Obrador, ha seguido al respecto una ruta que pudiera parecer menos complicada que la emprendida por el presidente Argentino. El presidente mexicano tiene demasiado afecto por la simplificación de los problemas y prefiere ofrecerle al pueblo la idea de que  la causa de todos los males en nuestro país es la corrupción. Con esa letanía le oscurece el entendimiento a la población de que el país se despliega en un mundo y a la sombra de estructuras financieras internacionales que por sistema y herencia colonial  niegan el desarrollo de las naciones.

Hay una especie de visión pueblerina del presidente, una ilusión parroquial. Una desvinculación de los problemas internos que padece el país y el entramado de estos con los acontecimientos internacionales. Acaso por eso admite como realidades de fuerza las políticas macroeconómicas neoliberales en materia presupuestaria, financiera y monetaria. El presidente puede evadir estas realidades en sus discursos, pero a la hora de conformar el presupuesto del próximo año, el peso del elefante se hace presente, y prefiere castigar a los sectores productivos internos de la economía, a los estados y municipios, con agresivos recortes. Todo queda a expensas de programas gubernamentales orientados a aumentar la capacidad de consumo de los estratos de menor ingreso, pero esos encomiables programas están incapacitados para funcionar como palanca que saque a la economía del estancamiento.

Se admite que la deuda de México representa más del cuarenta por ciento del PIB y que el servicio a la misma se consume cerca de 800 mil millones de pesos anuales del presupuesto nacional. Se repite también que el presupuesto es una cobija que no alcanza para todos, pero no se reconoce que la mayor tajada se la lleva el sector financiero y bancario que especula sobre la economía nacional. Es notorio que la austeridad republicana ha golpeado a todos los sectores productivos pero ha sido indulgente con el sector financiero y bancario. El presidente López Obrador tiene al elefante enfrente; no hay manera de aparentar que no lo ve.