Hablando de muros: mis dos visiones del Muro de Berlín

Hablando de muros: mis dos visiones del Muro de Berlín

Carlos MONCADA OCHOA Ahora que, dicen las Redes, el alcalde de Berlín le mandó al presidente Trump un twit que dice: “No construya ese muro”, he

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Carlos MONCADA OCHOA

Ahora que, dicen las Redes, el alcalde de Berlín le mandó al presidente Trump un twit que dice: “No construya ese muro”, he revivido mis recuerdos sobre las dos veces que visité aquel muro. La primera, en 1979. Fui con representantes de Panamá, Brasil, Nicaragua y Bolivia, para tomar nota de los avances urbanísticos en varias ciudades germanas. Yo trabajaba en Relaciones Públicas del Departamento del D. F. y estoy convencido de que me escogieron porque era el único que podía ausentarse 20 días sin que hiciera falta mi presencia.

En Berlín Occidental, la guía nos llevó a ver el muro y su historia, así como las fotos de berlineses balaceados por guardias comunistas cuando trataban de huir de su sector. Por turnos, subimos a una pequeña pero alta plataforma que nos permitía ver el otro lado: un inmenso terreno baldío que nadie podía cruzar hasta el muro sin que lo descubrieran desde las torres de vigilancia y le dispararan. En los apuntes que escribí al regresar a México se lee que los soldados rusos que entonces, y desde 1945, ocupaban Berlín, “comenzaron a poner trabas a la circulación de alemanes entre ambos Berlines. Muchos requisitos, mucho papeleo.

“La madrugada del 13 de agosto de 1961, centenares de obreros tendieron alambradas entre los dos sectores, vigilados por soldados armados. Unos 60 mil vecinos del Este, que pasaban al Oeste a trabajar, perdieron su trabajo de golpe. En las próximas semanas, en lugar de alambradas se levantó un muro de hormigón y colocaron barreras en las calles para controlar el paso de vehículos.

“Diez días más tarde, los rusos prohibieron el tránsito de personas del Oeste al Este. En ciertos lugares, el muro se levantó frente a casas cuya construcción quedaba en el sector Este, mientras que la banqueta daba al Oeste. Algunos de sus ocupantes saltaron por las ventanas para caer en el Oeste; unos lo consiguieron, no obstante las fracturas y golpes, y otros murieron estrellados”

Naturalmente, nos propusimos pasar un día al lado comunista, sin nuestra guía porque ella no tenía permiso. Nos hizo mil recomendaciones, como si fuéramos a pasear al infierno. El traslado lo hicimos en Metro y en la aduana nos dieron la visa con rapidez, como a todos los extranjeros procedentes de América. Aquel Berlín era totalmente distinto al Occidental, con pobre alumbrado público, alimentos de pobre calidad (aunque muy baratos), sin música ruidosa en el centro. Pero nos sentíamos seguros en las calles, como si no hubiera delincuentes. Tal vez no los había. Regresamos al Berlín moderno y escandaloso a las 12 de la noche, en el último tren.

En 1989, el mundo se cimbró al enterarse de que los rusos abandonaban a Berlín del Este y que los jóvenes alemanes habían tomado el muro. Al año siguiente hice mi segunda visita a Alemania, enviado por la revista “Impacto”. El muro todavía era convertido en pedazos que los turistas compraban como tesoro. Resolví hospedarme en un hotel cercano a la Alexander Platz, en el lado Este y gozar de la libertad de ir de un sector al otro sin cortapisas. Era demasiado pronto para que hubiera cambios radicales. El jabón y el shampoo no hacían espuma, el papel sanitario era áspero. Costó mucho trabajo unir de nuevo a la Nación. Ni siquiera habían restablecido la capital en Berlín pues continuaba en Bonn. Más trabajo costó curar las heridas de la separación.

¿Qué consecuencias acarrearía un muro entre México y los Estados Unidos, Escucho voces optimistas que afirman que el presidente gringo usó una metáfora al hablar de un muro, no de un muro real. Quisiera creerlo y olvidar la trágica visión de aquellos muertos en el muro que partía el corazón de Berlín.

carlosomoncada@gmail.com