50 años de la masacre de Tlatelolco: ¿algo nuevo qué decir?

50 años de la masacre de Tlatelolco: ¿algo nuevo qué decir?

Carlos MONCADA OCHOA Bienaventurados aquellos que han estado cerca de un movimiento popular, aunque no hayan movido un dedo a su favor, y que han s

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Carlos MONCADA OCHOA

Bienaventurados aquellos que han estado cerca de un movimiento popular, aunque no hayan movido un dedo a su favor, y que han sobrevivido para contarlo y presumir de que ellos estuvieron ahí.

Se les suelta la lengua y hablan como si la Historia estuviera endeudada con ellos. Hoy se cumplen 50 años de la masacre de Tlatelolco y salen a la calle los ancianos que entonces echaron carreras asustados por el ejército, en busca de un reportero que los entreviste. La vida de estos ancianos adquiere sentido porque pueden hablar del 2 de octubre de 1968. Y nada más.

(En Sonora también hay ancianos que en 1967 participaron que le exigieron al Presidente de la República, que no le diera el dedazo de la imposición a este priista, que mejor le diera el dedazo a este otro ¡también priista! Y lo cuentan con orgullo).

No sólo ellos sino otros muchos observadores de escritorio, más que lamentar la matanza, aplauden que gracias al sacrificio de tantos jóvenes, avanzó la democracia en México.

¿Hacia dónde avanzó? ¿Y en qué sentido incidió aquel suceso en la democracia? ¿Aquella cacareada aventura y el terrible derramamiento de sangre evitaron la tragedia de Ayotzinapan o dieron la fórmula para aclarar el múltiple asesinato?

No ha sido así. ¿Para qué hablar entonces de Tlatelolco?

TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

Antes, y no mucho antes, estaba lleno de emoción el cambio de poderes. No se sabían los nombres de los miembros del gabinete hasta la víspera de la toma de posesión del nuevo mandatario.

En los medios, cada columnista armaba su posible gabinete. En los cafés, uno de los contertulios sacaba su pluma fuente y se ponía a escribir, en una servilleta de papel, los nombres de quienes consideraba amarrados para determinadas secretarías, organismos descentralizados y paraestatales. A esta fiebre le pusieron nombre: “gabinetitis”.

Los amigos se reían de que se incluyera en la lista a un político evidentemente estúpido, o se ponían a temblar ante la posibilidad de que le dieran poder a un hijo de su madre. La costumbre era entregar la lista el día último de noviembre para que la leyera ante los medios el secretario particular del futuro mandatario.

Al día siguiente, o tal vez desde esa misma noche, un ejército de buscachambas corría a felicitar al secretario de sus preferencias con la esperanza de que los enrolara en su equipo.

AMLO le ha quitado a la vieja costumbre su sabor, o más bien, le ha dado en la torre a la vieja costumbre. Conocemos ya los nombres de prácticamente todos los miembros del gabinete y de los titulares de otros cargos. Puedo equivocarme, pero creo que los únicos pendientes son los nombres de los secretarios de la Defensa Nacional y de la Marina.

Por fortuna nos quedará un misterio para entretenernos: adivinar si cada uno de los escogidos hará bien su labor o si la regará. Ese es un misterio mucho más difícil de desentrañar, pues a veces termina el sexenio, uno cree que el secretario va derechito a la cárcel, y resulta que lo premian. A ver si no nos sale este gobierno con un caso así.

 

carlosomoncada@gmail.com